Lo Suficientemente Cerca Para Seguir
La mentoría requiere cercanía.
Una de las partes más incómodas de la mentoría es que requiere que las personas se acerquen lo suficiente como para ver más que nuestra versión pública. La mayoría de nosotros nos sentimos cómodos enseñando desde la distancia. Podemos predicar, dirigir reuniones, dar consejos, recomendar libros y señalar recursos. Todo eso tiene valor. Pero la mentoría generalmente requiere algo más personal.
Marcos 3:14 dice que Jesús nombró a los doce “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”.
El orden importa.
Antes de ser enviados, estuvieron con Él. No solamente escucharon Sus enseñanzas. Observaron Su vida. Vieron cómo trataba a las personas. Vieron cómo respondía a las críticas. Lo vieron cansado, cuestionado, interrumpido, celebrado, rechazado y aun así permaneciendo fiel. Ese tipo de formación no ocurre desde la distancia.
Pablo parece expresar la misma idea cuando les dice a los corintios: “Imiten mi ejemplo, así como yo imito a Cristo” (1 Corintios 11:1).
Esa es una afirmación fuerte, pero está directamente relacionada con el discipulado. Pablo no estaba diciendo: “Admírenme desde lejos”. Estaba diciendo: “Observen cómo intento seguir a Jesús y aprendan de ello”. Eso es mentoría. No se trata de aparentar perfección. De hecho, aparentar perfección puede ser una de las maneras más rápidas de hacer imposible una mentoría genuina. Las personas no necesitan un mentor perfecto. Necesitan uno fiel. Necesitan a alguien que les permita ver cómo un líder cristiano maneja la presión, la decepción, el conflicto, la corrección y el éxito. Necesitan ver cómo tomamos decisiones, cómo pedimos perdón, cómo oramos, cómo nos recuperamos y cómo seguimos adelante cuando el ministerio se vuelve más pesado de lo que esperábamos.
Ese nivel de acceso puede sentirse arriesgado. Si las personas se acercan, pueden ver nuestras debilidades. Pueden descubrir que no siempre sabemos qué hacer. Pueden escucharnos procesar decisiones difíciles antes de que todo esté perfectamente organizado y presentado. Pero tal vez ahí es precisamente donde la mentoría encuentra su mayor valor. La próxima generación no necesita solamente nuestras conclusiones. Necesita ver el proceso que nos llevó hasta ellas. Necesita más que nuestra plataforma. Necesita nuestra presencia.
La mentoría puede comenzar con algo sencillo. Invita a alguien a una conversación. Permítale acompañarle a una reunión. Llévelo con usted a una visita pastoral. Pregúntele qué observó. Explíquele por qué tomó una decisión. Permítale hacer preguntas honestas. Con el tiempo, esos momentos cotidianos se convierten en momentos formativos. Jesús se acercó a los Doce antes de enviarlos. Pablo invitó a otros a seguirlo mientras él seguía a Cristo. Tal vez una de las preguntas más importantes que podemos hacernos no es: “¿A quién estoy enseñando?” Tal vez sea: “¿Quién está lo suficientemente cerca como para aprender de mi vida?”







